viernes, 10 de diciembre de 2010

Lo Posprocesual y el sabor del eucalipto. Un tratado de teoría y cocina.

Como aditivo a este blog, añado este resumen que data de hace un par años, cuando la inexperiencia y algarabía de ser mechón abundaba en los corazones aun sin albergar deseperanza, y debíamos dar la última prueba de Arqueología II. Salud profe!

---

Hubo una época en que el mundo estuvo dominado por una serie de gringos malvados, como Binford y Leslie White, y la arqueología se llamaba Procesal. Ellos eran muy arrogantes y ñoños y gringos, y estudiaban las prácticas mortuorias y la variabilidad cerámica bajo un enfoque materialista vulgar, como diría nuestro amigor Trigger. Por ejemplo, postulaban que las funberia era un reflejo inmediato de la estructura social, como si Marx hubiese inventado una receta de cocina. Con una serie de investigaciones, como aquella en los cementerios victorianos, las grandes premisas con las que trabajaban se fueron al suelo. Fundamentalmente, su afán por aplicar leyes universales en todos lados igual se frustró. Y como buena frustración, dio paso al opuesto: objetivos locales y específicos que durante la era procesal eran menospreciados porque no permitian generalizar.
¿Y que viene despues de lo procesal? Lo postprocesal, como lo postmoderno o postmarxista. Y es preciso entender que si bien ese término hace referencia a una concepción distinta de la arqueología, también es (como diría Quiroz) un graaan paraguas (no de los que le gustan a ché pablito, de los otros) en donde caben por ejemplo la arq. marxista, feminista, indigenista, idealista, etcétera. Los niños símbolos, como lo había sido Binford para los procesales, eran Tilley, Christopher y el más importante Hodder, Ian. Ambos eran ingleses, por lo que tenían una concepción de la disciplina mucho más vinculada a la historia, y a partir de eso aparecen las dos nuevas variables que van a sostener el enfoque:
  • El Individuo Activo
  • El Contexto Histórico.
Más o menos todo lo empieza Hodder, haciendo etnoarqueología con los Baringo. Ahí tira una serie de tesis que quiebran lo que quedaba de orgullo procesal (aunque como dijo Sanchez, los procesales morirán procesales). Lo más importante de lo que aprende con los africanos es que la Cultura Material no tiene una relación directa con la estructura social de la forma simplista en que se había planteado hasta el momento, sino que esta profundamente influida por el aspecto Ideológico de la sociedad. Entendamos que si bien White y Binford manejaban el aspecto ideotécnico de la cult. material, era una cuestión secundaria que Hodder ve como fundamental, especialmente al momento de estudiar conflictos internos y procesos de diferenciación entre distintos grupos. Además, como estudio hartos pueblos del sector, se dio cuenta de que pese a pertenecer a etnias o grupos distintos, podían tener una cultura material homogénea. Así, nosotros que somos chilenos usamos los mismos computadores que los vietnamitas, y no vamos a decir que somos la misma huevá. Aunque a algunos comunachos les gustaría.
En fin, Hodder y sus amigos (todos menos pulentos que la comuna), ya no quieren buscar explicaciones y leyes absolutas sino INTERPRETACIONES. Y pone en duda 3 relaciones fundamentales de los viejos Nuevos Arqueólogos.
  • Causa ---> Efecto
  • Conducta ---> Cultura Material / Registro
  • Hecho ---> Teoría.
Y además cuestiona la aplicacion totalizante de categorías occidentales al estudio de los sitios. Se opta por una terminología menos cargada en términos de prejuicios (no decirle casa a una estructura si todavía no sabes para que se usaba y cosas así).
Muy bien, muy bien, hasta aquí todo muy bonito. Pero, ¿de donde sale? Porque Hodder era inteligente pero no se le podía ocurrir todo solo, y aunque fuera el caso no lo habrían pescado. La inspiración fundamental son los neomarxistas franceses de los sesenta y setenta. Como el ya conocido Claudio Meillassoux, Althusser y Godelier. La premisa principal que obtienen es la de la existencia del conflicto en la sociedades simples, además de enfocar todo con un marxismo menos mecanicista, y aplicado a sistemas económicos distintos del capitalismo. Chori, ¿no?.
Eso era la influencia teórica. La influencia epistemológica venía esencialmente de Kuhn y PK "Pati Kelly" Feyerabend. Cuestionan el método, miran la cuestión de manera holística (o sea toda la pinturita y no la pura adaptación al medio o la pura funebria). Mi cuaderno señala aquí una declaración de principios del arqueólogo chileno Rodrigo Sánchez:
"A los posprocesales no nos interesan las estadísticas. "

Y así las cosas. El libro símbolo es Theoretical Archaeology: A Reactionary View, de Hodder en 1986, y le tira palos al funcionalismo, al ecologismo cultural y al estructuralismo. ¿Cuales? Sanchez no dijo. Pero lo importante es que lo hace. Al mismo tiempo Bourdieu plantea una herejía para los marxistas clásicos pero bien interesante para los procesales: los individuos pueden cambiar sus conductas de tal forma que cambie el hábito (o sea la norma conductual) y que eso se traduzca en un cambio en la estructura social. ¡OMG!

Entendidos la concepción, gestación y parto de la arqueología posprocesal/contextual, es hora de revisar sus conceptos fundamentales, muy bien enumerados por nuestro amigo el marsupial.
  • Estudios Holísticos, no por partes porque no sirven.
  • Rechazo a la distinción neo-evolucionista entre lo culturalmente específico y lo general. Todo es igual de importante
  • Existen distintos principios estructurales que podrían influir en los ordenamientos materiales encontrados.
  • Los factores determinantes de la cultura material se resuelven pragmáticamente. O sea se ve el caso que se está estudiando, y no se piensa estupidamente que todo obedece a las mismas causas. La cultura material puede ser un reflejo, una inversión o una contradicción de la estructura social.
  • Utilizan el modelo de estudios contextuales que aplicó por primera vez Leroi-Gourhan al arte paleolítico en 1968. No hay ciencia en esto: se toma en cuenta el contexto histórico y cultural a la hora de explicar.
  • Importancia fundamental de las tradiciones culturales. A partir de lo mismo, se estudia la historia específica de los grupos. Incluso hacia adelante, o sea apoyarse en los herederos de esas culturas.

Como nota al margen, Bruce Trigger dice que hay una tensión entre dos tipos de posprocesales: materialistas (que ven las contradicciones sociales), e idealistas (que ven la iniciativa individual)

Arqueología transformadora.

¿Y la arqueología en Chile, qué? ¿Y en Latinoamérica? La escuela procesual impactó potente, a partir de los años '70, en las escuelas del continente que de a poco empezaban a crecer. Aún se puede observar la supremacía del neopositivismo en buena parte de las investigaciones, y sin duda alguna también en los sistemas de financiamiento y academia a lo largo de las venas abiertas. Y la hegemonía norteamericana es natural, si suponemos por un lado el intervencionismo económico, político e intelectual del país del norte durante la Guerra Fría, y por otro la inevitable mímesis descrita por Franz Fannon del colonizado con su colonizador. Por ello es entendible que los ojos de Latinoamérica miren hacia el norte en busca de respuestas; que desde los centros hegemónicos de producción del conocimiento emanen teorías que se desparraman por las academias latinas organizando y reorganizando una prehistoria construida desde fuera.

La llegada de la posmodernidad, y la recuperación paulatina del shock provocado por el desmantelamiento de la intelectualidad de izquierda a partir de los años '70, comenzaron a producir movimientos en una academia que se encontraba relativamente inmóvil. Y aunque aun no logren imponerse con claridad dentro de los circuitos discursivos de la arqueología latinoamericana, los planteamientos posprocesuales encontraron eco en los investigadores chilenos. Sobre todo, probablemente, la cuestión referida al carácter político del conocimiento producido por sujetos e instituciones. Esto, por supuesto, ya había sido observado algunas décadas antes por los representantes de la Arqueología Social Latinoamericana, pero la imposición ideológica norteamericana, los planes de Ajuste Estructural y la incapacidad de concretizarse del movimiento, desarticulado por la persecución política generalizada, habían logrado recubrir esta noción con el cientificismo positivista neocapitalista.

A partir de los años '90, este escollo pudo ser salvado, al menos en parte. Y aunque la mayoría de la práctica arqueológica mantiene un carácter desligado aún de su rol social, las teorías poscolonialistas se han abierto paso de a poco intentando generar nuevas perspectivas. Quizás en términos teóricos, aún, la academia continúa alimentándose de las emanaciones teóricas del primer mundo, ya no positivistas, tal vez, sino posmodernas, con los nuevos problemas que aquello conlleva. Pero de cualquier forma, la cuestión de la responsabilidad social ha significado una relativa toma de conciencia en las generaciones más nuevas de arqueólogos latinos, y la necesidad de generar nuevas prácticas de intervención concreta sobre la realidad comienza a ser una discusión bastante más recurrente. Más aún, en los últimos años, han surgido algunos intentos por generar contenido teórico propio, autónomo, descolonizado al fin. Buen ejemplo de esto es el volumen editado, en 2006, por Cristóbal Gnecco y Carl Langebaek, Contra la tiranía tipológica en Arqueología, el cual plantea la necesidad de subvertir el carácter subalterno latinoamericana desde las mismas bases categoriales que construyen nuestro pasado. Pero sobre todo, parece -y esto podría ser un problema-, la atención se ha volcado sobre los efectos concretos de la práctica directa, más que en el substrato teórico del discurso.

¿Cual es el papel, entonces, que debe jugar una arqueología descolonizadora? Surgen de aquí varias cuestiones. Es inevitable en esta tierra, por un lado, desvincular la discursividad sobre el pasado de la problemática que supone la imposición occidental sobre las sociedades indígenas actuales. Más aún, es imposible ignorar el lazo que vincula los espacios que son intervenidos en la investigación -esto es, los restos arqueológicos mismos- con las comunidades indígenas que habitan el territorio, y que constituyen los depositarios de dicha tradición. Pero además, existe un discurso nacional, un discurso continental, un pueblo latinoamericano que trasciende los límites de la etnicidad y que es sin duda relevante en la producción del patrimonio. Existe una contradicción brutal entre el discurso hegemónico de la historiografía que fundó la cultura oficial de los países latinos, y la realidad que se enfrenta cotidianamente en una capital o un pueblo cualquiera de la Patagonia. Existe una pedagogía sobre el pasado, un mito fundante que totaliza los imaginarios a través de la institución, y que legitima una vez más la subalternidad y el tercermundismo, y aquí la arqueología puede generar un conocimiento subversivo y emancipador. El problema, una vez más, parecieran ser los canales de propagación.

A partir de esto, pues, la práctica poscolonialista en la arqueología se ha centrado en el trabajo localizado. La revalorización del patrimonio, que ha tomado diversos caminos, aparece como la forma más utilizada por los arqueólogos para conseguir que la disciplina tenga incidencia en procesos de transformación. Corrientes indigenistas, por ejemplo, han apuntado a la reivindicación territorial e identitaria de las comunidades a partir de lograr identificación con los restos arqueológicos que cohabitan con ellas, generándose incluso procesos de etnogénesis que aprovechan los marcos jurídicos aparecidos en las últimas décadas. En el caso chileno, por ejemplo, hoy ciertas poblaciones nortinas se apropian de la identidad Chinchorro, una tradición que data al menos, de hace 6000 años, y que hasta hace diez era una simple fotografía de la prehistoria. En la zona de Cuyo, a su vez, se observa un resurgimiento de la etnia Huarpe, fundamentada en la arqueología y la etnohistoria. En Colombia incluso, aprovechando el reconocimiento estatal de cabildos indígenas, han reaparecido también categorías étnicas que se concebían extintas. La arqueología, sin duda, juega aquí un papel importantísimo, en tanto su narrativa prehistórica provee los argumentos que permiten la emergencia identitaria.

En términos económicos, por otro lado, la recuperación patrimonial -que siempre esta mediatizada por el trabajo de los arqueólogos- es una fuente interesante de recursos que permitan desarrollos locales a partir del turismo. Un excelente ejemplo de esto es la Patagonia argentina, en donde poblaciones inmigrantes se han apropiado de un discurso sobre el pasado sustentado en los sitios de sociedades cazadoras que poblaron dicho territorio, y han generado una importante industria turística que se aprovecha de estos recursos y los agrega a la imponente naturaleza de la región. Sin duda alguna, que, en términos políticos, dicha subordinación del patrimonio al mercado turístico presenta varios problemas, en tanto convierte el pasado en un bien de consumo, pero lo cierto es que es un punto importantísimo en donde la arqueología incide fuertemente sobre la realidad.

Por último, y en un aspecto que quizás pudiese parecer menos relevante en términos políticos pero que no ha carecido de atención, está la cuestión de la conciencia patrimonial. Independientemente de los réditos económicos o identitarios que puedan emanar de la arqueología en una región, la valorización del patrimonio en tanto parte del pasado apela, de alguna manera, a una cuestión que atañe a la condición humana. Y un esfuerzo importante de la arqueología, que quizás mereciera más atención, pareciera enfocarse al simple hecho de que la población valore el patrimonio sólo por estar ahí en tanto testimonio. Este, nos parece, es un rol social no menos importante, en tanto apela al reconocimiento de la experiencia humana como una totalidad histórica concreta e imposible de desmenuzar.

La cuestión del discurso histórico, prehistórico si se quiere, posee una característica que ha señalado David Clarke: su metafísica propia. En términos filosóficos, toda narrativa que apele a una condición real posee una dimensión que se relaciona en la forma en que se entiende la propia existencia, y en este sentido la arqueología juega un rol invisibilizado pero no menor. El discurso evolucionista no solo es político por cuanto justifica la supremacía occidental por sobre las sociedades americanas -y por extensión su genocidio-, sino que alude a una noción de progreso limpio de conflicto, a una teleología del ser que constituye el marco general de entendimiento de la propia historia en el capitalismo. Así mismo, las corrientes posmodernas -o las dominantes, al menos- contienen una filosofía del sujeto que recubre toda la historia humana con la contingencia del individualismo neoliberal, al mismo que el relativismo radical desarticula cada fenómeno de su posición en la totalidad, justificando -vale decir, cosificando- toda condición por si misma.

Considerando entonces el carácter de totalidad histórica concreta -en el sentido de Kosik- de la experiencia humana -en el sentido de Childe-, el rol social de la arqueología debe plantearse no exclusivamente en su práctica inmediata en terreno, en su relación funcional y operativa con la comunidad, sino discutir y subvertir la metafísica disciplinaria desde la base. La transformación del entendimiento de la condición humana, la generación de un discurso que efectivamente transforme la manera en que el hombre se concibe a sí mismo y a su propia historia, es la única manera de generar una praxis transformadora, de realizar un cambio cualitativo que se exprese efectivamente en cada dimensión del trabajo, de producir un conocimiento verdaderamente revolucionario y descolonizado.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Arqueología y clúster turístico

Quizás la función social fundamental que tener la Arqueología, es la construcción discursiva del pasado. Hodder, en este sentido, liga a la Arqueología al quehacer histórico (a diferencia de Binford). Sin desmerecer todo el potencial subversivo y revolucionario que pueda tener esta labor, nos gustaría sin embargo ver el lado más 'blin-blin' del asunto. Pero ¿en que podría influir el pasado, en el turismo? La clave para esto está en la valorización de la localidad, y en el logro de la distinción.

Empecemos clarificando qué es un clúster: Éste es un territorio, en el cual hay una concentración de empresas que prestan bienes y servicios más o menos especializados, lo que producen una concentración de know-how y expertise, que le da a la locación ventajas competitivas. Estas ventajas no son producto de la integración vertical entre los actores, una zona controlada por un gran monopolio no es un clúster, si no que es un emergencia sistémica de los actores territoriales. En el caso del turismo, se da con bastante frecuencia una estructura empresarial de PYMES, las cuales ganan ventaja competitiva en las sinergias que se producen entre ellas: alguien escogerá cierta locación, en la medida en la que pueda encontrar bueno hospedamiento, buenos lugares para comer, actividades atractivas, etc. El atractivo de cierta locación, y por lo tanto la valorización de la misma, dependerá entonces de estás complementariedades que se dan entre actores, y en las inversiones que se hacen dentro del mismo clúster para mantener sus ventajas comparativas.

Ahora, si bien la definición formal de clúster da importancia, quizás excesiva, a la valorización que pueda lograr el know-how (el trabajo cualificado), la verdad es que esta es secundaria en el turismo. El territorio se hace atractivo para la inversión turística en la medida en la que se haga ‘único’, esto es, pueda ser fuente de rentas monopólicas. Para este fin, la arqueología puede ser una fuente invaluable de distinción y valorización territorial.

La reconstrucción del pasado que hacen los arqueólogos puede ayudar al imaginario y mística del lugar. Un lugar con el que se asocia una historia, culturas o civilizaciones antiguas, cobra de por sí un gran atractivo. Es, por ejemplo, la única razón por la que la Isla de Pascua tiene potencial turístico. La reconstrucción que hagan los arqueólogos se convertirá luego en el insumo para toda clase de actividades económicas dentro del clúster: Dará la pauta de qué es lo que dirán los guías turísticos, dará nuevo y profundo significados a lo que, para el ojo inexperto, son sólo garabatos en una piedra, inspirará los suvenires que hagan los artesanos locales, etc. Por lo tanto, un territorio con una historia rica es, literalmente, una mina de oro que necesita ser excavada.

Y la cosa no va sólo en una dirección, ni es que el sucio dinero viva parasitario del sublime néctar que emane la ciencia. Un clúster turístico puede poner a disposición una gran cantidad de capital y recursos para la investigación en arqueología. Al valorizar la producción arqueológica la locación, podemos entender este gasto como inversión, y no mero gasto. Si bien es un asunto que revuelve el estómago a muchos (la arqueología al servicio de la reproducción del sistema capitalista), ya se han visto casos de estas alianzas capital-ciencia, con impresionantes resultados. Es el caso de la ciencia médica y los clústers farmacéuticos, la biología y los clústers biotecnológicos, etc. Muchas ciencias celosas ven en esto actos una prostitución de lo más deleznable (En la mayoría de los casos, injurias de disciplinas despechadas, desfinanciadas por el capital). Pero la verdad es que las sinergias clúster/arqueología permiten poner recursos a la disposición de la investigación, a la vez de poner a la investigación del desarrollo del territorio. Permite la generación de una especialización en la investigación arqueológica que beneficia enormemente las potencialidades de desarrollo disciplinario, a la vez de ponerla a un uso social, útil para los habitantes del territorio. Un bello ejemplo de feedback positivo. Y esto no debería ofender ninguna sensibilidad izquierdista, que ve en esto nada más que servilismo al capital. Estos clústers son los que más espacio dan a la pequeña y mediana empresa, y son una posibilidad real de aportar al desarrollo humano del territorio, y no tan sólo a unos pocos. No existe tal cosa como un 'enclave' turístico, ni debería equipararse sus efectos destructivos con los de los monopolios exportadores. Negarse a estos benéficos usos que puedan darse a la producción arqueológica, es pura crítica diletante.

Pero ¿se agota en lo meramente económico el clúster turístico? La verdad es que puede sí hacerlo, y es un riesgo que corre todo clúster turístico. El desarrollo arqueológico puede producir conocimiento que valorice las actividades de las empresas, las que a la vez impulse la arqueología, pero al hacer esto destruir todo contenido identitario real del territorio. Puede disneylandizar la localidad. ¿Qué diferencia una producción auténtica de identidad de una farsificación inauténtica? Quizás nada sea más difícil que determinar la autenticidad de determinada identidad. En el caso del territorio, sin embargo, si el desarrollo identitario se transforma exclusivamente en un activo del capital, cómo un mero trademark o branding, y no repercute en los actores del territorio, diremos que es una construcción identitaria muerta, estéril, mercachifle. Y esto, a la vez, quitar competitividad al clúster, y desacralizar este activo inmaterial que es el interés histórico que reviste la locación. Un clúster dinámico, entonces, integra a sus actores, hace arqueología que produce un patrimonio que es valioso para sus propios habitantes. Este elemento identitario, en tanto auténtico, es también clave para el ‘empoderamiento’ de los actores territoriales. Por lo tanto, la arqueología también puede ayudar a los habitantes a ser agentes activos en la creación de su propio territorio, recatando su memoria local, a la vez de hacerlos visibles en su diferencia en un mundo que pareciera tender vertiginosamente a la homogeneidad. Es la razón por la cual, por ejemplo, la Isla de Pascua puede ser un actor a nivel internacional, la imagen de la cultura Rapa-Nui pone a la isla automáticamente en escena. Por este motivo, la arqueología puede ser una fuerza positiva tanto en el desarrollo económico como social.

martes, 7 de diciembre de 2010

Lo posprocesual y yerbas anteriores.

¿Cómo interpretar la cultura material? Binford (el que viste el sombrero de copa en la imagen), designó que el objetivo de la arqueología debía ser el explicar la variabilidad en las culturas humanas. Pero, ¿en función de qué construiremos esta explicación? La respuesta que podamos dar a esta pregunta dependerá en gran medida de la concepción ontológica que tengamos de lo que es la cultura. Binford aborda esta problemática desde un materialismo totalmente desacomplejado: la cultura es un medio de adaptación extrasomático. Para él, la cultura es algo así como un ente supra orgánico, un sistema que emerge en adaptación a su entorno, sometido a las mismas leyes físicas y condicionantes materiales de cualquier otro sistema, como lo pueden ser los organismos, los ecosistemas, etc... En este marco, es bastante claro cuáles son las interpretaciones correctas de la cultura material: los objetos han de ser interpretados en tanto funciones adaptativas de sistemas o subsistemas sociales a su entorno, sea este otro sistema social, el nicho ecológico, etc.

A este enfoque sistémico-adaptativo, le contrapone Hodder un acercamiento hermenéutico a la interpretación de la cultura material. Al estar la cultura material constituida significativamente, esta tiene aspectos irreductibles, que no pueden ser reducidas al medio. En este sentido Hodder pareciera coincidir con las críticas que plantea la moderna teoría de sistemas (ej: Luhmann o Maturana) en que nos es posible establecer relaciones punto por punto entre sistema y entorno, y que no es realmente posible llegar a la comprensión de la cultura, sin develar su lógica interna, aquella porción que es irreductible a la función adaptativa (la ‘clausura operacional’ del sistema).

Por esto, la cultura ha de ser entendida entonces en su particularidad. La tarea interpretativa es, por lo tanto análoga a la de traducción de un texto en una lengua extraña, hemos de tratar de comprender el significado de éste sin tratar de imponerle una tipología que le sea culturalmente ajena (si es que pretendemos no caer en una traducción mecánica y algorítmica), si no que tratando de aprehender su otredad. Pese a que, para la interpretación, partiremos inexorablemente desde una mirada moderna, esto no significa que la comprensión del sentido original sea imposible (si bien, como todo traductor sabe, no existe la traducción perfecta, punto por punto entre dos culturas). Por lo tanto nuestra tipología, con la cual daremos sentido al registro, debería no partir de conceptos teóricos universalistas, si no tender a reproducir aquellos del otro, a la manera en la que ellos mismos establecían las semejanzas y diferencias. El objeto escavado ya se encuentra ‘imbrincado’ en una red de relaciones, un marco contextual, desde las cuales podemos avanzar en ir develando su significado. Hodder describe 3 dimensiones básicas para el quehacer arqueológico: temporalidad (¿pertenecen a la misma unidad temporal? ¿Son coetáneos?) espacialidad (objetos en relación espacial semejante, los pertenecientes a un mismo barrio, un ghetto, etc.) y unidad de deposición.

¿Y el agente? La teoría de Binford, con su perspectiva sistémica, pareciera invisibilizar la agencia humana. Su enfoque 'top-down', suele tratar a la cultura material como el 'reflejo pasivo' de la sociedad, y no como una emergencia, producto de la agencia de los individuos. Esta visión es coherente con la impronta cientificista del procesualismo. La abstracción del individuo crea sin embargo, problemas reales a la interpretación del registro. La cultura material no es el mero reflejo de la ‘adaptación estrasomática’ de la sociedad, si no que es un elemento activo, con los cuales los sujetos se posicionan y negocian su posición social. Está por lo tanto, cargado de política e intereses que no son deducibles desde el plano general e impersonal del ‘sistema cultural’.

Existen, además, otros problemas. Siguiendo el modelo de la ciencia positivista clásica -que a la sazón ya estaba desechado cuando apareció Binford en los sesenta-, la arqueología procesual pretendía generar una academia objetiva, neutral, emancipada y autónoma en su producción de conocimiento. Claro, con la idea Hempeliana de la objetividad del método, era posible suponer que usando modelos adecuados se podría llegar a una representación de la realidad que estuviese fundamentada solo a partir de los hechos, y sin mediar ninguna ideología de por medio.

Sin embargo, la llegada de los estandartes posmodernos acabó con esto rápidamente. Como explican muy bien Michael Shanks y Cristopher Tilley, el capitalismo neoliberal había marcado las tesis fundamentales del procesualismo desde el comienzo. La noción básica de eficiencia, de minimizar gastos y maximizar resultados, que era el parámetro que el materialismo vulgar norteamericano utilizaba para modelar las sociedades prehistóricas, es evidentemente la proyección de las lógicas capitalistas maximizadoras de la producción hacia los hombres del pasado. Sin darse cuenta -o sin querer darse cuenta- la arqueología procesual había estado haciendo política ideológica, reconstruyendo un pasado que hiciera razonable este presente.

Esto, sin embargo, no se queda en una simple crítica a los procesuales. Nuestros amigos posmodernos levantarán la tesis de que, inevitablemente, en tanto el conocimiento es construcción ideológica producida en condiciones sociohistóricas determinadas, por individuos con intereses particulares y posiciones sociales específicas, es imposible una producción académica desvinculada del carácter político. Las ideologías de los sujetos productores de discursos permean, necesariamente, los discursos producidos por los sujetos ideologizados. Ahora bien, Hodder, inocentemente, apelará para solucionar este problema al levantamiento de una academia pluralista y multivocal en donde cada uno de estos puntos de vista se alze con igual validez. Shanks y Tilley, por otro lado, harán notar el idealismo que subyace a semejante empresa, y el peligro que conlleva en tanto una falsa pluralidad haría invisibles las relaciones represivas que subyacen a este maquillaje. Más aún, podríamos decir, se ignora el carácter político de las mismas relaciones académicas, en donde sujetos en posiciones pivilegiadas -como el mismo Hodder- actúan inevitablemente en función de sus intereses. Más aún, podríamos decir, incluso el alcance de dicho pluralismo total solo conllevaría a la destrucción del debate. La validación de cualquier discurso por el sólo hecho de ser discurso históricamente producido anula, totalmente, la posibilidad de criticarlo.

¿Qué se propone entonces? Curiosamente marxistas, Shanks y Tilley recogerán las tesis sobre Feuerbach de don Karl, y asegurarán que el rol de la arqueología no es únicamente producir conocimiento o discursos sobre la realidad -en este caso, el pasado-, sino que debe generar herramientas para transformarla. El saber es una cuestión política, una cuestión de poder -ya lo había dicho Foucault-, y en tanto tal debe olvidar sus pretensiones asépticas y asumir su rol dentro de la sociedad. Si la arqueología, como se ha hecho notar, jugó un papel principal en la fundación de las lógicas nacionalistas, coloniales, imperialistas y racistas a lo largo del espacio-tiempo, entonces de igual manera puede subvertir el orden y mejorar el asunto. La conciencia -awareness- del pasado, es aquella que podrá permitir forjar un vínculo fuerte entre las acciones del presente y el futuro que se espera. Sobre todo, no lo olvidemos, en tanto consideran que la capacidad de agencia de los sujetos es totalmente relevante en la producción de sociedad. Vale decir, no sólo debe considerarse al explicar los contextos arqueológicos a los que nos enfrentamos, sino que en tanto cientistas sociales, arqueólogos, prehistoriadores, humanos al fin, debemos tener conciencia de nuestra propia calidad de agentes, y por extensión, políticos.