viernes, 10 de diciembre de 2010

Arqueología transformadora.

¿Y la arqueología en Chile, qué? ¿Y en Latinoamérica? La escuela procesual impactó potente, a partir de los años '70, en las escuelas del continente que de a poco empezaban a crecer. Aún se puede observar la supremacía del neopositivismo en buena parte de las investigaciones, y sin duda alguna también en los sistemas de financiamiento y academia a lo largo de las venas abiertas. Y la hegemonía norteamericana es natural, si suponemos por un lado el intervencionismo económico, político e intelectual del país del norte durante la Guerra Fría, y por otro la inevitable mímesis descrita por Franz Fannon del colonizado con su colonizador. Por ello es entendible que los ojos de Latinoamérica miren hacia el norte en busca de respuestas; que desde los centros hegemónicos de producción del conocimiento emanen teorías que se desparraman por las academias latinas organizando y reorganizando una prehistoria construida desde fuera.

La llegada de la posmodernidad, y la recuperación paulatina del shock provocado por el desmantelamiento de la intelectualidad de izquierda a partir de los años '70, comenzaron a producir movimientos en una academia que se encontraba relativamente inmóvil. Y aunque aun no logren imponerse con claridad dentro de los circuitos discursivos de la arqueología latinoamericana, los planteamientos posprocesuales encontraron eco en los investigadores chilenos. Sobre todo, probablemente, la cuestión referida al carácter político del conocimiento producido por sujetos e instituciones. Esto, por supuesto, ya había sido observado algunas décadas antes por los representantes de la Arqueología Social Latinoamericana, pero la imposición ideológica norteamericana, los planes de Ajuste Estructural y la incapacidad de concretizarse del movimiento, desarticulado por la persecución política generalizada, habían logrado recubrir esta noción con el cientificismo positivista neocapitalista.

A partir de los años '90, este escollo pudo ser salvado, al menos en parte. Y aunque la mayoría de la práctica arqueológica mantiene un carácter desligado aún de su rol social, las teorías poscolonialistas se han abierto paso de a poco intentando generar nuevas perspectivas. Quizás en términos teóricos, aún, la academia continúa alimentándose de las emanaciones teóricas del primer mundo, ya no positivistas, tal vez, sino posmodernas, con los nuevos problemas que aquello conlleva. Pero de cualquier forma, la cuestión de la responsabilidad social ha significado una relativa toma de conciencia en las generaciones más nuevas de arqueólogos latinos, y la necesidad de generar nuevas prácticas de intervención concreta sobre la realidad comienza a ser una discusión bastante más recurrente. Más aún, en los últimos años, han surgido algunos intentos por generar contenido teórico propio, autónomo, descolonizado al fin. Buen ejemplo de esto es el volumen editado, en 2006, por Cristóbal Gnecco y Carl Langebaek, Contra la tiranía tipológica en Arqueología, el cual plantea la necesidad de subvertir el carácter subalterno latinoamericana desde las mismas bases categoriales que construyen nuestro pasado. Pero sobre todo, parece -y esto podría ser un problema-, la atención se ha volcado sobre los efectos concretos de la práctica directa, más que en el substrato teórico del discurso.

¿Cual es el papel, entonces, que debe jugar una arqueología descolonizadora? Surgen de aquí varias cuestiones. Es inevitable en esta tierra, por un lado, desvincular la discursividad sobre el pasado de la problemática que supone la imposición occidental sobre las sociedades indígenas actuales. Más aún, es imposible ignorar el lazo que vincula los espacios que son intervenidos en la investigación -esto es, los restos arqueológicos mismos- con las comunidades indígenas que habitan el territorio, y que constituyen los depositarios de dicha tradición. Pero además, existe un discurso nacional, un discurso continental, un pueblo latinoamericano que trasciende los límites de la etnicidad y que es sin duda relevante en la producción del patrimonio. Existe una contradicción brutal entre el discurso hegemónico de la historiografía que fundó la cultura oficial de los países latinos, y la realidad que se enfrenta cotidianamente en una capital o un pueblo cualquiera de la Patagonia. Existe una pedagogía sobre el pasado, un mito fundante que totaliza los imaginarios a través de la institución, y que legitima una vez más la subalternidad y el tercermundismo, y aquí la arqueología puede generar un conocimiento subversivo y emancipador. El problema, una vez más, parecieran ser los canales de propagación.

A partir de esto, pues, la práctica poscolonialista en la arqueología se ha centrado en el trabajo localizado. La revalorización del patrimonio, que ha tomado diversos caminos, aparece como la forma más utilizada por los arqueólogos para conseguir que la disciplina tenga incidencia en procesos de transformación. Corrientes indigenistas, por ejemplo, han apuntado a la reivindicación territorial e identitaria de las comunidades a partir de lograr identificación con los restos arqueológicos que cohabitan con ellas, generándose incluso procesos de etnogénesis que aprovechan los marcos jurídicos aparecidos en las últimas décadas. En el caso chileno, por ejemplo, hoy ciertas poblaciones nortinas se apropian de la identidad Chinchorro, una tradición que data al menos, de hace 6000 años, y que hasta hace diez era una simple fotografía de la prehistoria. En la zona de Cuyo, a su vez, se observa un resurgimiento de la etnia Huarpe, fundamentada en la arqueología y la etnohistoria. En Colombia incluso, aprovechando el reconocimiento estatal de cabildos indígenas, han reaparecido también categorías étnicas que se concebían extintas. La arqueología, sin duda, juega aquí un papel importantísimo, en tanto su narrativa prehistórica provee los argumentos que permiten la emergencia identitaria.

En términos económicos, por otro lado, la recuperación patrimonial -que siempre esta mediatizada por el trabajo de los arqueólogos- es una fuente interesante de recursos que permitan desarrollos locales a partir del turismo. Un excelente ejemplo de esto es la Patagonia argentina, en donde poblaciones inmigrantes se han apropiado de un discurso sobre el pasado sustentado en los sitios de sociedades cazadoras que poblaron dicho territorio, y han generado una importante industria turística que se aprovecha de estos recursos y los agrega a la imponente naturaleza de la región. Sin duda alguna, que, en términos políticos, dicha subordinación del patrimonio al mercado turístico presenta varios problemas, en tanto convierte el pasado en un bien de consumo, pero lo cierto es que es un punto importantísimo en donde la arqueología incide fuertemente sobre la realidad.

Por último, y en un aspecto que quizás pudiese parecer menos relevante en términos políticos pero que no ha carecido de atención, está la cuestión de la conciencia patrimonial. Independientemente de los réditos económicos o identitarios que puedan emanar de la arqueología en una región, la valorización del patrimonio en tanto parte del pasado apela, de alguna manera, a una cuestión que atañe a la condición humana. Y un esfuerzo importante de la arqueología, que quizás mereciera más atención, pareciera enfocarse al simple hecho de que la población valore el patrimonio sólo por estar ahí en tanto testimonio. Este, nos parece, es un rol social no menos importante, en tanto apela al reconocimiento de la experiencia humana como una totalidad histórica concreta e imposible de desmenuzar.

La cuestión del discurso histórico, prehistórico si se quiere, posee una característica que ha señalado David Clarke: su metafísica propia. En términos filosóficos, toda narrativa que apele a una condición real posee una dimensión que se relaciona en la forma en que se entiende la propia existencia, y en este sentido la arqueología juega un rol invisibilizado pero no menor. El discurso evolucionista no solo es político por cuanto justifica la supremacía occidental por sobre las sociedades americanas -y por extensión su genocidio-, sino que alude a una noción de progreso limpio de conflicto, a una teleología del ser que constituye el marco general de entendimiento de la propia historia en el capitalismo. Así mismo, las corrientes posmodernas -o las dominantes, al menos- contienen una filosofía del sujeto que recubre toda la historia humana con la contingencia del individualismo neoliberal, al mismo que el relativismo radical desarticula cada fenómeno de su posición en la totalidad, justificando -vale decir, cosificando- toda condición por si misma.

Considerando entonces el carácter de totalidad histórica concreta -en el sentido de Kosik- de la experiencia humana -en el sentido de Childe-, el rol social de la arqueología debe plantearse no exclusivamente en su práctica inmediata en terreno, en su relación funcional y operativa con la comunidad, sino discutir y subvertir la metafísica disciplinaria desde la base. La transformación del entendimiento de la condición humana, la generación de un discurso que efectivamente transforme la manera en que el hombre se concibe a sí mismo y a su propia historia, es la única manera de generar una praxis transformadora, de realizar un cambio cualitativo que se exprese efectivamente en cada dimensión del trabajo, de producir un conocimiento verdaderamente revolucionario y descolonizado.

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